Andi Uriel Hernández Sánchez
El pasado domingo 31 de mayo, con motivo del segundo aniversario de su triunfo en las urnas, la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, encabezó un mitin en el Monumento a la Revolución. Ahí pronunció uno de los discursos más valientes y trascendentes de su mandato.
La presidenta dijo sin ambages: “Cuando desde el exterior se dicta quién es culpable y quién no; cuando se busca presionar a nuestras instituciones desde fuera; cuando se normaliza la idea de que otro país puede intervenir en asuntos que solo les corresponden a los mexicanos, ya no estamos hablando de cooperación, estamos hablando de injerencia. Eso no lo podemos permitir. La historia de México sabe adónde conduce ese camino. Las intervenciones nunca han dejado justicia ni bienestar para los pueblos”.
Es un discurso oportuno en momentos en que el gobierno de Estados Unidos y su ejército, con la complicidad de Israel, bombardea a los pueblos de Gaza, Irán y Líbano; amenaza con intervenir en Venezuela, Cuba, Colombia y Bolivia y, con el pretexto del combate al crimen organizado, coloca a México como otro “blanco legítimo” de su guerra total.
El error de la presidenta Sheinbaum es suponer, como lo hizo notar en su discurso, que dicho afán injerencista proviene solo de un sector de la ultraderecha estadounidense con influencia en el gobierno y que busca ganar las elecciones intermedias en Estados Unidos e influir en nuestros comicios de 2027.
Es un error sostener que el presidente Donald Trump no está al tanto ni de acuerdo con esta embestida, porque eso confunde a los mexicanos y adormece su conciencia. Los lleva a pensar que el fondo del conflicto es una diferencia ideológica entre “derecha e izquierda” o, peor aún, que se trata de una disputa real sobre el combate al crimen organizado.
Por el contrario, la política injerencista, guerrerista y desafiante del orden jurídico internacional seguida por Trump es la externalización de la lógica intrínseca de dominación geopolítica y económica del imperialismo estadounidense. Este no admite competencias ni modelos alternativos de desarrollo social. Su motor está en la esencia misma del modo de producción capitalista: el afán de acumular más riqueza por parte de los gigantescos monopolios industriales, comerciales y financieros que controlan la economía de Estados Unidos.
Así pues, no es solo el deseo pasajero de ganar una elección, sino la necesidad voraz e insaciable del capital estadounidense de controlar las cadenas de suministro; de disponer de suficientes materias primas, combustibles, minerales críticos y tierras raras para su producción tecnológica. Es la avidez de saturar con sus mercancías el mercado de países subdesarrollados como México; de asegurar para sus monopolios mano de obra sobreexplotada con jornadas extenuantes y bajos salarios y, actualmente, también la necesidad de asegurar su retaguardia ante una guerra total contra potencias que amenazan su hegemonía, como China o Rusia.
Los mexicanos debemos saber que este afán de acumulación y esta lógica de dominación global pueden empujar al gobierno estadounidense a una nueva aventura militar en nuestro territorio, como ya ocurrió en 1848 y 1914, y convertirnos de “socios” en nuevas víctimas de su expansionismo. Por ello, a pesar de lo limitado de su análisis, el llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum a la unidad nacional es oportuno y necesario, pues es evidente nuestra debilidad económica y militar frente al agresor que nos amenaza.
Sin embargo, construir esa unidad nacional en torno a su gobierno difícilmente se logrará solo con retórica, por correcta que sea, si en los hechos amplios sectores de la sociedad, particularmente las mayoritarias clases trabajadoras, no solo no se sienten identificados, sino que además se sienten maltratados por su gobierno. Es más, el peligro de que amplios sectores de trabajadores caigan en el engaño de la derecha o de los apologistas estadounidenses es muy alto.
Por eso es peligroso que ahora se ignoren las protestas e inconformidades justificadas que se multiplican por el país. Por ejemplo, las manifestaciones de los maestros de la CNTE en la CDMX, quienes exigen el cumplimiento puntual de una promesa que la presidenta les hizo en campaña: que el gobierno administre el sistema de pensiones en lugar de las aseguradoras privadas, como ocurre desde la reforma a la Ley del ISSSTE en 2007.
También hay colectivos de madres buscadoras que protestan en varios estados y amenazan con boicotear la inauguración del Mundial de Fútbol 2026 porque se sienten ignoradas y maltratadas por un sistema de justicia incapaz de informarles sobre sus familiares desaparecidos. En el mismo tenor crecen las protestas de ambientalistas y pueblos originarios que luchan contra proyectos de infraestructura o contra el fracking que amenazan con destruir ecosistemas y legados culturales milenarios. Solo por mencionar algunos casos.
En este contexto se inserta la inconformidad de miles de veracruzanos organizados en el Movimiento Antorchista en Veracruz, quienes viven todo tipo de carencias en sus pueblos y colonias: falta de carreteras transitables, hospitales, escuelas y condiciones dignas en ellas; falta de certeza jurídica sobre sus terrenos y carencia de servicios elementales como agua potable, drenaje sanitario y calles pavimentadas.
Es decir, demandas de beneficio colectivo sin las cuales es imposible tener una vida digna. Por eso han decidido salir a las calles a protestar para visibilizar esta problemática y sensibilizar al gobierno de la ingeniera Rocío Nahle García. Hasta el momento, la política de su gobierno ha consistido en hacer como que no los ven ni los oyen.
Quizá las claves para entender esta actitud arrogante y desdeñosa de algunos gobiernos están en el mismo discurso de la presidenta del 31 de mayo: por un lado, una confianza exagerada en la fuerza de arrastre que aún tienen las becas y otros apoyos del Bienestar y, por otro, la convicción plena de que la obra transformadora del gobierno está completada.
Ni una ni otra cosa son ciertas. Aunque en el gobierno de Sheinbaum creció el número de beneficiarios de programas sociales, la falta de atención a demandas como salud, seguridad, educación, infraestructura urbana deteriorada, bajo crecimiento económico, desempleo y bajos salarios ha mermado la confianza del pueblo en su gobierno. Más aún, movilizar a beneficiarios para un mitin amenazándolos con retirarles los apoyos no garantiza conciencia política ni apoyo popular real ante una amenaza seria del imperialismo.
Sobre la afirmación de que en México ya vivimos una transformación social radical y completa, basta decir que se trata de simple propaganda. Precisamente las protestas que brotan por todas partes prueban que aún hay muchos problemas por resolver.
Así pues, el llamado a la unidad nacional de la presidenta se enfrenta al autoboicot de diversos funcionarios y gobiernos morenistas, quienes desoyen las protestas sociales y reprimen el derecho legítimo del pueblo a organizarse y defender sus intereses. Con ello socavan uno de los pilares fundamentales para garantizar la soberanía e independencia de México. La historia reciente del mundo demuestra que solo los pueblos organizados, conscientes y en pie de lucha han frenado o resistido las embestidas del imperialismo estadounidense. Atacar y reprimir la fuerza organizada del pueblo es como pegarse un tiro antes de tiempo. |
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