Por Edgar Hernández*
Hoy Veracruz vive dos mundos, el de la mentira institucionalizada y el de la razón ignorada.
Basta acudir a un cafetín cualquiera o encontrarse con el amigo, el vecino o en el super. Basta con mirarnos a los ojos y menear la cabeza, con cruzar miradas cuando nos encontramos algún fin de semana en el parque Juárez con dirección al balcón izquierdo de Palacio o de mirar en esa cínica normalidad la fila de 11 suburbans, una patrulla, dos motociclistas y una ambulancia en espera de que salga la robusta jefa con mirada -actuada- de encabronamiento, para sentirnos ofendidos, lastimados en nuestra identidad.
Y ese arrodillamiento público.
Como en la era del emperador Maximiliano, los fieles servidores acompañados de los flashes de la cámara rusa, el “¡Si señora, lo que usted ordene!” y el “¡Que guapa amaneció, señora gobernadora!” disfrutan de las sobras.
Todo como parte de un veneno para el veracruzano rehén de un movimiento que se tiene claro es de degeneración social.
El mismo que nos hace sentir la acrecentada injusticia de la opresión. El que nos pone frente a un enorme espejo que, por más que desviemos la mirada, refleja esa despiadada realidad.
Y ante ese escenario no queda más que decidir no vivir más de espaldas y afrontar la realidad por dura que sea, cuando el convencimiento de que lo que realmente importa nos inspira es el coraje para perseverar, el prevalecer unidos.
Hoy que los agravios forman parte de lo cotidiano no podemos transitar en la indolencia, en la apatía, en la verdad oficial so riesgo, como dicen los clásicos, de convertirnos en un país de cínicos.
Si el no estar conforme y llamar a la cruzada social contra este mal gobierno equivale a soportar el recrudecimiento represivo contra el gremio periodístico en donde la autoridad igualmente nos califica de “¡taxista!... o que la periodista es ¡Es piruja!... y seguramente ese mugroso ¡tiene tratos con el crimen organizado!”, vale el sacrificio.
Si para ello tenemos que arriesgar vida y mantenernos en condiciones más allá de la austeridad y localizada pobreza, vale.
Si a cambio de ello, el coraje se transforma en valor de ir a las urnas, vigilar la votación, cuidar las manos largas, finos para la operación tamal, estaremos no solo cambiando el rumbo, sino retornado a una ansiada democracia que un día se perdió al arribo de un aburguesado socialismo, un comunismo de discurso y una localizada opulencia.
Hoy en Veracruz no hay duda de que la guerra declarada contra la prensa crítica va a seguir aun cuando en aras de disfrazarla se eche a la basura a la organización millonaria de Baqueiro, como tampoco la existe de que prensa libre se mantendrá en permanente denuncia contra la señora de Zacatecas siempre conscientes de que si alguien cae el que está detrás ocupará nuestro lugar.
Así que por más que no se quiera dar un equivocado valor a los auténticos representantes de los medios, confundir a los generadores de opinión con difamadores, negarse al dialogo, satanizar y descalificar la escalada de asesinatos, secuestros y robos a sus viviendas, imposible dejar de consignar y hacer público que, por ser así, por ejercer el poder con mano de hierro la voluntariosa gobernadora seguirá ocupando el último lugar en la aceptación ciudadana… a nivel nacional.
No, no, perdón, ¡el penúltimo!
Lo que hoy nos toca, decía Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, es no olvidar que “sin vida no hay pueblo, sin verdad no hay comunidad y sin bien no hay esperanza”.
Tiempo al tiempo.
*Premio Nacional de Periodismo
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